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El árbol de los Buendía que no te cuenta el final (o cómo leer Cien años de soledad sin perderte entre tantos Aurelianos)
El árbol de los Buendía por pisos, hasta donde vas y ni una rama más, y la pista que el propio libro deja para no confundir a los Aurelianos con los José Arcadio.
Si alguna vez buscaron «árbol genealógico de los Buendía» a la mitad del libro, ya saben lo que pasa. Uno solo quería saber de quién era hijo el muchacho que acababa de aparecer, y el árbol, que es generoso, le cuenta además quién muere, con quién termina cada quien y cómo se acaba la familia (que es, literalmente, el final del libro). En los foros de lectores es una escena tan repetida que ya parece parte de la experiencia de leer a García Márquez: alguien abre un árbol para salir de una duda y lo cierra sabiendo cosas que la novela le iba a contar doscientas páginas después.
Y estos meses el árbol se busca mucho. La serie terminó en agosto, mucha gente agarró el libro después de verla (o lo dejó a medias para verla), y los árboles que aparecen en internet, casi todos hechos para acompañar la serie, están dibujados desde la última página. No es mala fe. Un árbol genealógico se hace así, completo, con todas las flechas, y para quien ya terminó es justo lo que necesita. ¿Y entonces qué hace uno en la página ciento cincuenta, con un José Arcadio que no sabe ubicar?
Concedo que el árbol sirve. Les conté hace unos días que yo leí Cien años de soledad en la universidad y por gusto, y que ni así supe nunca cuál Aureliano era cuál; un árbol me habría ayudado bastante. El problema no es el árbol, es desde dónde está dibujado. Así que les propongo dos cosas que sí se pueden usar a mitad del libro: una pista que el propio García Márquez deja escrita, y un árbol que se arma por pisos, hasta donde van y ni una rama más.
La pista está en el capítulo diez, y es de lo más útil que alguien me ha dicho sobre esta novela (aunque me lo dijo el narrador, y tarde). Los nombres en esa familia no se repiten al azar. Según el propio libro, los Aurelianos tienden a ser retraídos y de mente lúcida, y los José Arcadio impulsivos y emprendedores, y además «marcados por un signo trágico». Así que cuando aparezca un nombre repetido, antes de buscar el árbol, pregúntense qué tan callado o qué tan arrebatado es el que tienen enfrente. No lo resuelve todo, pero ordena bastante.
Y ahora el árbol, por pisos. El primero es el de los fundadores: José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, que son primos, y ese parentesco no es un detalle (el libro les explica desde las primeras páginas por qué a la familia le da miedo). Sus hijos son José Arcadio, el mayor; Aureliano, el que la primera frase del libro ya nos presenta como coronel; y Amaranta. Y está Rebeca, que llega de fuera con once años y los huesos de sus padres en un talego de lona, y a la que la familia cría como propia.
El segundo piso se enreda por culpa de Pilar Ternera, que tiene un hijo de cada uno de los dos hermanos: Arcadio, hijo de José Arcadio, y Aureliano José, hijo del coronel. Después vienen los diecisiete Aurelianos, los hijos que el coronel tiene durante las guerras con diecisiete mujeres distintas, todos con el mismo nombre y el apellido de la madre detrás (Aureliano Triste, Aureliano Centeno, Aureliano Serrador, y así). A esos, por suerte, no hay que aprendérselos uno por uno. Con saber que existen y que son hermanos de padre alcanza.
El tercer piso es el de los hijos de Arcadio con Santa Sofía de la Piedad: Remedios, a la que todo el pueblo termina llamando la bella, y los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. Aquí es donde la pista del capítulo diez se pone a prueba, y no les voy a decir cómo sale (pero vale la pena tenerla a mano cuando lleguen).
Hasta ahí llega este árbol, y es a propósito. Del siguiente piso para arriba cada nombre nuevo trae pegado un pedazo de trama (quién llega de dónde, quién se enamora de quién), y el último piso es, sin exagerar, el final de la novela. Si van más adelante y necesitan ubicar a alguien de más arriba, mi consejo es el de siempre: busquen con el capítulo dentro de la búsqueda, y nunca abran un árbol completo con la esperanza de mirar solo una rama. La vista se va sola a la última.
Para quien prefiera no depender de un árbol dibujado por otro, Kai LoreSafe, la herramienta que construí, hace esto mismo con el libro que estén leyendo, así que léanlo con el sesgo de quien la hizo. Le dicen por dónde van y les arma el quién es quién hasta esa página, sin las ramas que todavía no les toca ver. Y con Cien años de soledad, donde un mismo nombre puede ser cuatro personas distintas, es donde más sentido tiene.

Me queda una duda que no sé resolver. Tal vez perderse entre los Aurelianos es parte de lo que García Márquez quería que sintiéramos, esa sensación de que la historia de la familia da vueltas sobre sí misma, y un árbol demasiado ordenado nos la quita. Puede ser. Pero creo que una cosa es confundirse un poco y otra muy distinta dejar el libro en la página doscientos porque ya no sabemos quién es quién.
¿En qué Aureliano se perdieron ustedes, o en qué José Arcadio? Y quienes lo leyeron dos veces: ¿la segunda lo entendieron mejor, o lo disfrutaron menos?
Nos vemos. Mauro Z.
